La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No —contestó Beausire—, pero hay ciertas circunstancias…
—SÃ, ya comprendo; aquellas, por ejemplo, en que se tiene detrás el presidio, por cuestión de robo, y delante la horca, por crimen de lesa nación, como se llamarÃa hoy un crimen que, yo lo supongo, tendrÃa por objeto contribuir a la fuga del Rey.
—¡Caballero, caballero! —exclamó Beausire aterrado.
—¡Infeliz! —dijo Oliva—. ¿Cifrabas en esto tus sueños dorados?
—Yo no iba del todo descaminado, apreciable señorita —replicó el Conde—; pero como ya he manifestado hace poco, todas las cosas tienen su lado bueno y su lado malo, el uno iluminado y el otro oscuro; el señor de Beausire ha incurrido en el error de elegir este último, y más vale que desista: a esto se reduce todo.
—¿Es tiempo aún? —preguntó Nicolasa.
—¡Oh!, ciertamente.
—¿Qué debo hacer, señor Conde? —preguntó Beausire.
—Suponed una cosa —dijo Cagliostro reflexionando.
—¿Cuál?