La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Suponed que vuestra fama fracasa; suponed que los cómplices del hombre enmascarado y del hombre del capote oscuro, sean detenidos; suponed, y es preciso hacer suposiciones en el tiempo en que vivimos, que se les condena a muerte… ¡Dios mÃo!, se absolvió a Besenval y a Augeard, y por lo mismo, ya veis que todo se puede suponer… Figuraos que esos cómplices son condenados a morir, y no os impacientéis porque suponga tanto, pues pronto llegaremos al fin; imaginaos que sois uno de esos cómplices, que tenéis la cuerda al cuello, y que os dicen, en contestación a vuestras quejas, pues en semejante caso, por valeroso que sea un hombre, siempre se lamenta poco o mucho, ¿no es cierto?
—Concluid, señor Conde, os lo suplico, pues ya me parece que me estrangulan.
—¡Pardiez!, ¡nada tiene de extraño, puesto que os supongo con la cuerda al cuello! Pues bien, figuraos que vienen a deciros: «¡Ah!, ¡pobre señor Beausire, la culpa es vuestra!».
—¿Cómo? —preguntó Beausire.
—¡Hola!, ya veis que de una suposición en otra llegamos a la realidad, puesto que me contestáis a mà como si ya os vierais en el caso.
—Lo confieso.