La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —«Pues bien, os contestarÃa la voz, no tan sólo podrÃais escapar de una mala suerte, que os tiene en sus garras, sino obtener mil luises, con los cuales podrÃais comprar la pequeña casita rodeada de bosque, donde deseáis vivir con la señorita Oliva y el niño Santos, disfrutando de una renta de quinientas, libras, que os habrÃais proporcionado con los doce mil que no se empleen en la compra de la casa… Esto serÃa vivir como antes digisteis, cual buen cultivador, que llevarÃa zapatillas en verano y zuecos en invierno; mientras que en vez de ese encantador horizonte, veis delante de vos la plaza de Greve, con dos o tres infames horcas, la más alta de las cuales os alarga su brazo. ¡Uf!, mi pobre señor de Beausire, ¡qué fea perspectiva!».
—Pero, en fin, ¿cómo hubiera yo podido escapar de esa mala suerte, ganando los mil luises que asegurarÃan mi tranquilidad, la de Nicolasa y la de mi hijo?
—Vos preguntaréis eso, ¿no es verdad? «Nada más fácil, contestarÃa la voz, a dos pasos de vos tenÃais al conde de Cagliostro…». «Yo le conozco, contestarÃais, es un señor extranjero, que vive en ParÃs por su gusto, y que se aburre cuando le faltan noticias». «Ese mismo, dirÃa la voz, y os bastaba ir a buscarle y decirle: señor Conde…».
—¡Pero yo no sabÃa dónde habitaba —exclamó Beausire—, ni tampoco si estaba en ParÃs, ni si era vivo!