La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Al pronunciar estas palabras, como un actor que repite su papel, el Conde sacó de su bolsillo la pesada bolsa, introdujo en ella el pulgar y el Ãndice, y con una destreza que revelaba su costumbre en este ejercicio, cogió exactamente diez luises, ni más ni menos; mientras que por su parte Beausire, preciso es hacerle esta justicia, adelantaba la mano para recibirlos.
Cagliostro retiró suavemente la mano.
—Dispensad, señor de Beausire —dijo—, creo que estábamos haciendo suposiciones.
—Sà —replicó Beausire, cuyos ojos brillaban como ascuas—; pero ¿no habéis dicho, señor Conde, que de suposición en suposición llegarÃamos al hecho?
—¿Hemos llegado acaso?
Beausire vaciló un momento.
Apresurémonos a decir que no era la honradez ni la fidelidad a la palabra dada, ni tampoco la conciencia, lo que motivaba esta vacilación. Aunque lo afirmáramos, nuestros lectores conocen demasiado bien al señor de Beausire para darnos crédito.
No; era el simple temor de que el Conde no cumpliese su promesa.
—¡Mi apreciable señor de Beausire —dijo el Conde—, bien veo lo que pasa en vos!
—Sà —contestó Beausire—, tenéis razón, señor Conde; vacilo en vender la confianza que un noble caballero ha puesto en mÃ.