La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y elevando los ojos al cielo, movió la cabeza, como si quisiera decir:
—¡Ah!, ¡esto es muy duro!
—No, no es eso —replicó Cagliostro—, y veo en vos una nueva prueba de la verdad de aquella frase del sabio: «¡El hombre no se conoce a sà propio!».
—¿Y qué será pues? —preguntó Beausire, algo aturdido por la facilidad con que el Conde sabÃa leer hasta en lo más profundo de los corazones.
—Es porque teméis que después de prometeros los mil luises, no quiera dároslos.
—¡Oh!, señor Conde…
—Y es natural; yo soy el primero en decÃroslo; pero os ofrezco una garantÃa.
—¡Una garantÃa! El señor Conde no la necesita seguramente.
—SÃ, una garantÃa que responderá de mà en todo.
—¿Y cuál es? —preguntó Beausire con timidez.
—Nicolasa Oliva Leguay.
—¡Oh! —exclamó Nicolasa—, si el señor Conde os promete, es como si ya lo tuviésemos en nuestro poder.