La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Ya veis, caballero, lo que es cumplir escrupulosamente las promesas que se hacen. Cierto día que la señorita se hallaba en la situación en que ahora os encontráis, es decir, un día en que era muy buscada por la policía, le ofrecí un asilo en mi casa. La señorita vacilaba, temiendo sin duda por su honor; pero yo le di mi palabra, y a pesar de todas las tentaciones que debí sufrir, como vos comprenderéis mejor que nadie, la cumplí, señor de Beausire. ¿No es verdad, señorita?

—¡Oh!, en cuanto a eso —exclamó Nicolasa— lo juro por el pequeño Santos.

—¿Creéis, pues —preguntó el Conde—, que cumpliré la palabra con el señor de Beausire, respecto a darle veinticuatro mil libras el día en que el Rey haya emprendido la fuga, o aquel en que el señor de Favras sea detenido? Esto, sin contar que deshago el nudo corredizo que os estrangulaba ahora, y que ya no tendréis que pensar en la cuerda ni en la horca, cuando menos por causa de este asunto. No respondo de ninguna otra cosa, pero entendámonos bien, pues hay vocaciones…

—Señor Conde —contestó Nicolasa—, para mí es como si el notario hubiese venido ya.

—Pues bien, apreciable señorita —dijo Cagliostro, alineando sobre la mesa los diez luises que no había soltado aún—, haced que pase vuestra convicción al señor de Beausire, y asunto concluido.


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