La Condesa de Charny

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Y con la mano hizo una señal a Beausire, para que consultase un momento con Nicolasa.

La conversación no duró más de cinco minutos; pero justo es decir que durante este tiempo fue de las más animadas.

Entretanto, Cagliostro miraba a la luz de la vela el cartón picado, y hacía movimientos de cabeza como para saludar a un antiguo conocido.

—¡Ah, ah! —exclamó—, esta es la famosa martingala de Low, que sin duda habéis encontrado. Yo perdí un millón con esta martingala.

Y dejó con indiferencia el objeto sobre la mesa.

Esta observación de Cagliostro reanimó mucho más el diálogo entre Nicolasa y Beausire.

Este último pareció decidirse al fin.

Se dirigió a Cagliostro con la mano extendida, como hombre que quiere concluir un pacto indisoluble. Pero el Conde retrocedió, frunciendo el ceño.

—Señor de Beausire —dijo—, entre caballeros, la palabra basta; tenéis la mía, y por tanto dadme la vuestra.

—A fe de Beausire, señor Conde, es cosa convenida.

—Esto basta —dijo Cagliostro.

Y sacando del bolsillo de su chaleco un reloj, en el cual se veía el retrato del rey Federico de Prusia, enriquecido con brillantes, añadió:


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