La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Son las nueve menos cuarto, señor Beausire, y a las nueve en punto sois esperado en las arcadas de la Plaza Real, por la parte del Palacio Sully; tomad estos diez luises, guardadlos en vuestro bolsillo, poneos la casaca, ceñid la espada, atravesad el puente de Nuestra Señora, y seguid la calle de San Antonio: no conviene que hagáis esperar.
Beausire no se hizo repetir la orden; guardó los diez luises en el bolsillo, se puso la casaca y ciñóse la espada.
—¿Dónde encontraré al señor Conde?
—En el cementerio de San Juan… si os place… Cuando se quiere hablar de asuntos semejantes a esté, sin que nadie lo oiga, más vale hacerlo entre los muertos que entre los vivos.
—¿Y a qué hora?
—Apenas estéis libre: el primero que llegue esperará al otro.
—¿Tiene algo que hacer el señor Conde? —preguntó Beausire con inquietud al ver que Cagliostro no se disponÃa a seguirle.
—Sà —contestó el Conde—, tengo que hablar con la señorita Nicolasa.
Beausire hizo un movimiento.