La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Los pies se hundían en una suave alfombra de Turquía. A la izquierda veíase una puerta abierta, y pensando Gilberto que se había dejado así para que él pasara, entró en un salón tapizado con seda de la India, con los muebles forrados de la misma tela. Una de esas aves fantásticas, como las que pintan o bordan los chinos, cubría el techo con sus alas de oro y azul, sosteniendo entre sus garras la araña que, con sus candelabros de un trabajo magnífico, representaba grupos de uses iluminando el salón.
Un solo cuadro adornaba aquel lujoso aposento, formando juego con el espejo colocado sobre la estufa. Representaba una virgen de Rafael. Gilberto se entretenía en admirar aquella obra maestra, cuando oyó, o más bien adivinó, que se abría una puerta detrás de él; volvió la cabeza y reconoció a Cagliostro, que salía de una especie de gabinete tocador.
Un instante le había bastado para borrar las manchas de sus brazos y de su rostro, y para comunicar a sus cabellos, negros aún, la forma más aristocrática, y cambiar completamente de traje.
Ya no era el obrero de manos negras y de cabellos aplanados, de zapatos manchados de barro, de pantalones de pana muy tosca y de camisa de lienzo crudo.
Era el señor elegante que dos veces ya hemos presentado a nuestros lectores, en José Bálsamo, primeramente, y después en El Collar de la Reina.