La Condesa de Charny

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Capítulo XXXV

Pocos minutos faltaban para la media noche, cuando un hombre, desembocando por la calle Real en la de San Antonio, siguió esta última hasta la fuente de Santa Catalina, detúvose un instante detrás de la sombra que proyectaba, para asegurarse de que no era espiado, tomó luego la especie de callejuela que conducía al palacio de San Pablo, y llegado aquí penetró en la calle del Rey de Sicilia, oscura y del todo desierta; después, acortando el paso a medida que se acercaba al extremo de aquella, entró algo vacilante en la de la Cruz Blanca, donde se detuvo, inquieto al parecer, delante de la verja del cementerio de San Juan.

Aquí, como si sus ojos temieran ver salir a un espectro de la tierra, esperó, enjugando con la manga de su uniforme de sargento el sudor que corría por su frente.

En efecto, en el mismo instante en que comenzaban a dar las doce de la noche, algo como una sombra apareció de pronto deslizándose a través de los cipreses; esa sombra se acercó a la verja, y un instante después, al crujir la llave en la cerradura, se pudo ver que el espectro, si en realidad lo era, no tan sólo tenía la facultad de salir de su tumba, sino también la de salir después del cementerio.

Al oír aquel crujido, el exento retrocedió.


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