La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Hola!, señor de Beausire —dijo la voz burlona del Conde—, ¿no me reconocéis ya, o habéis olvidado nuestra cita?

—¡Ah!, sois vos —dijo Beausire respirando como hombre cuyo corazón se alivia de un peso—, tanto mejor: Esas malditas calles son tan oscuras y desiertas que no se sabe si valdría más encontrar algún alma viviente que andar solo.

—¡Bah! —dijo Cagliostro—, ¿acaso podéis temer vos algo a ninguna hora del día o de la noche? No me haréis creer eso, siendo un hombre tan valeroso que lleva la espada al costado. Por lo demás, traspasad la verja y estaréis tranquilo, pues tan sólo me encontraréis a mí.

Beausire accedió a la invitación, y la cerradura que había rechinado al abrirse la puerta delante de él, produjo otra vez el sonido para cerrarse detrás.

—¡Bien! —dijo Cagliostro—, ahora seguid ese sendero, señor Beausire, y a veinte pasos de aquí veréis una especie de palacio ruinoso, en cuyo pórtico estaremos perfectamente para hablar de nuestros asuntos.

Beausire se dispuso a obedecer a Cagliostro, pero después de vacilar un instante, preguntó:

—¿Dónde diablos veis un sendero? Yo no veo más que zarzas que me desgarran los tobillos, y hierbas que suben hasta mis rodillas.


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