La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora, he visto al marqués de Favras, y debo hacer a Vuestra Majestad comunicaciones de la mayor importancia.
—Querida hermana, el Rey desea que hagamos un whist entre cuatro, y os deja elegir compañero —dijo el conde de Provenza acercándose a su vez.
—Pues bien —contestó la Reina, sospechando que aquella partida de whist no era más que un pretexto—, mi elección está ya hecha; el señor barón de Charny tomará parte en nuestro juego, y entre tanto me dará noticias de TurÃn.
—¡Ah!, ¿venÃs de TurÃn, Barón? —preguntó el señor de Provenza.
—SÃ, monseñor, y al regresar he pasado por la Plaza Real, donde he visto a un hombre muy adicto al Rey, a la Reina y a Vuestra Alteza.
El conde de Provenza se sonrojó, tosió y alejóse; era hombre muy circunspecto, y le inquietaba aquel joven que se distinguÃa por su rectitud.
Después dirigió una mirada al señor de la Chatre, que acercándose a él recibió sus órdenes y salió.
Entre tanto, el Rey saludaba a los caballeros, que le ofrecÃan sus respetos, y también a las damas, algo escasas, que seguÃan frecuentando el cÃrculo de las TullerÃas.