La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La Reina fue a cogerse del brazo de Luis XVI, y condújole hacia el juego.
Cerca ya de la mesa, el Rey buscó con la mirada al cuarto jugador, y no vio más que a Isidoro.
—¡Ah, ah!, señor de Charny —le dijo—, en ausencia de vuestro hermano, vos seréis el cuarto, y a fe que nadie podÃa sustituirle mejor: sed bienvenido.
Y con una seña invitó a la Reina y se colocó a su lado, teniendo junto a sà al señor de Provenza.
MarÃa Antonieta invitó a su vez con un ademán a Isidoro, que fue el último en sentarse.
Madame Isabel se arrodilló en una banqueta detrás del Rey, y apoyó los brazos en el respaldo de su sillón.
Se dieron dos o tres vueltas de whist, pronunciándose tan sólo las palabras sacramentales.
Al fin, siempre jugando, y después de observar que el respeto tenÃa a todos alejados de la mesa real, la Reina se aventuró a decir al conde de Provenza:
—¿Os ha dicho el barón que llegaba de TurÃn?
—SÃ, hemos hablado algunas palabras.
—¿Os ha comunicado que el señor conde de Artois y el prÃncipe de Condé nos invitan a reunirnos con ellos cuanto antes?
El Rey dejó escapar un movimiento de impaciencia.
—Hermano mÃo —murmuró madame Isabel con su dulzura de ángel—, os ruego que escuchéis.