La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Por causa del asunto del collar? ¡Vamos!, no se atreverÃan a ello, atendido el estado de los ánimos, pues me bastarÃa pronunciar una palabra para promover un motÃn; olvidáis que soy un poco amigo de todo cuanto tiene popularidad, de Lafayette, de Necker, del conde de Mirabeau, y de vos mismo.
—¿Y a qué habéis venido a ParÃs?
—¿Quién sabe? Tal vez a lo que vos tratabais de hacer en los Estados Unidos, una república.
Gilberto movió la cabeza:
—Francia no tiene el espÃritu republicano —dijo.
—Ya le haremos otro.
—El Rey se resistirá.
—Es posible.
—La nobleza empuñará las armas.
—Es probable.
—¿Y qué haréis entonces?
—No haremos una república, sino una revolución.
Gilberto inclinó la cabeza sobre el pecho.
—Si llegamos a eso —contestó—, será terrible.
—SÃ, lo será, si encontramos en nuestro camino muchos hombres de vuestra fuerza, Gilberto.
—Yo no soy fuerte, amigo mÃo —replicó el doctor—, soy honrado, y nada más.