La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ay de mÃ!, es mucho peor; y he aquà por qué quisiera convenceros, amigo mÃo.
—Estoy convencido.
—¿De que nos impediréis llevar a cabo nuestra obra?
—O, por lo menos, de que os detendremos en el camino.
—Estáis loco, Gilberto; no comprendéis la misión de Francia; esta es el cerebro del mundo, y es preciso que piense libremente también. ¿Sabéis que es lo que derribó la Bastilla, amigo Gilberto?
—El pueblo.
—No me comprendéis, pues tomáis el efecto por la causa. Durante quinientos años, amigo mÃo, se ha encerrado en esa fortaleza a los Condes, los señores y los PrÃncipes, y la Bastilla permaneció en pie. Cierto dÃa, a un Rey insensato le ocurrió encerrar el pensamiento, que necesita el espacio, la extensión, lo infinito. El pensamiento hizo saltar la Bastilla, y el pueblo penetró por la brecha.
—Es verdad —murmuró Gilberto.
—¿Recordáis lo que escribÃa Voltaire al señor de Chauvelin, el 2 de marzo de 1764, es decir, hace unos veintiséis años?
—Sepámoslo.
—Voltaire escribÃa: