La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Todo cuanto veo siembra la simiente de una revolución que llegará sin remedio, y de la cual no tendré el gusto de ser testigo. Los franceses acuden tarde a todo, pero acuden al fin. La luz se difunde tanto, cada vez más próxima, que la explosión se producirá por el menor motivo, y entonces todos hablarán mucho.
Los jóvenes son muy felices, porque verán grandes cosas.
—¿Qué decÃs de lo que se hablaba ayer y de lo que se habla hoy?
—¡Qué es terrible!
—¿Qué decÃs de las cosas que habéis visto?
—¡Que son espantosas!
—Pues bien, aún no estáis más que al principio, Gilberto.
—¡Profeta de desgracia!
—Mirad, tres dÃas hace que me hallaba en compañÃa de en compañÃa de un médico de mucho mérito, un filántropo. ¿Sabéis en que se ocupaba en aquel momento?
—Sin duda en buscar un remedio para alguna enfermedad considerada incurable.
—¡SÃ, ya! Se propone curar, no de la muerte, sino de la vida.
—¿Y qué queréis decir?