La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Quiero decir, dejando a un lado el epigrama, que ese médico encuentra, sin contar la peste, el cólera, la fiebre amarilla, las viruelas y las apoplejÃas fulminantes, quinientas y pico de enfermedades consideradas como mortales, y mil o mil doscientas que pueden llegar a serlo, aunque se cuiden bien. Quiero decir que teniendo el cañón, el fusil, la espada, el sable, el puñal, el agua, el fuego, la caÃda desde los tejados, la horca y la rueda, ese médico cree que no hay aún bastantes medios para dejar la vida, mientras que tan sólo hay uno para entrar en ella, y por eso inventa en este momento una máquina, muy ingeniosa a fe mÃa, que se propone consagrar a la nación, para que pueda dar muerte a cincuenta, sesenta u ochenta personas en menos de una hora. Pues bien, amigo Gilberto, ¿creéis que cuando un médico tan distinguido, un filántropo tan humano como el doctor GuillotÃn, se ocupa de semejante máquina, no es preciso reconocer que la necesidad de ella se dejaba sentir ya? Yo la conozco, y sé que no es cosa nueva, pero sà ignorada, y la prueba es que cierto dÃa, hallándome en casa del barón de Taverney —¡pardiez!, debierais saber esta, porque estabais allÃ; pero entonces no tenÃais ojos más que para una joven llamada Nicolasa—, la prueba es, repito, que habiendo llegado por casualidad la Reina —aún no era más que Delfina—, le hice ver una máquina en una botella de agua, lo cual le infundió tanto miedo que, profiriendo un grito, se desmayó. Pues bien, esta máquina, que en aquella época ni se conocÃa ni se pensaba en ella, si queréis verla funcionar, la probarán algún dÃa, y cuando llegue os avisaré; entonces será necesario que estéis ciego para no reconocer el dedo de la Providencia, que piensa que llegará un momento en que el verdugo tendrá demasiado que hacer, si se emplean los medios comunes, por lo cual inventa uno nuevo para que pueda salir del paso.