La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señor —dijo Castries—, es que el asunto que excitaba nuestra hilaridad, no parecerá tal vez al Rey tan chistoso como lo es para nosotros.
—¿De qué hablabais, señores?
—Entrego el culpable a Vuestra Majestad —contestó Suleau adelantándose.
—¡Ah! —exclamó el Rey—, sois vos, señor Suleau. He leÃdo vuestro último número de las Actas de los Apóstoles, y os advierto que debéis andar con cuidado…
—¿Por qué, señor? —preguntó el joven periodista.
—Sois demasiado monárquico, y muy bien podrÃais veros comprometido en alguna cuestión con el amante de la señorita Theroigne.
—¿Con el señor Populus? —replicó Suleau sonriendo.
—Precisamente. Y ¿qué ha sido de la heroÃna de vuestro poema?
—¿De Theroigne?
—SÃ… ya no oigo hablar más de ella.
—Señor, según creo, a esa señorita le parece que nuestra revolución no marcha con suficiente rapidez, y por eso ha ido al Brabante, para activarla allÃ. Vuestra Majestad sabe sin duda que esa casta amazona es de Lieja.