La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—No, lo ignoraba… ¿Os reíais a causa de ella hace un momento?

—No, señor, era con motivo de la Asamblea nacional.

—¡Oh, oh!, señores, entonces bien habéis hecho en poner término a la broma al verme, pues no puedo permitir que nadie se ría de la Asamblea nacional en mi casa. Cierto —añadió el Rey por vía de paréntesis—, que yo no estoy en la mía, pero sí en la de la princesa de Lamballe, y, por lo tanto, dejando de reír o haciéndolo por lo bajo, podéis decirme cuál es la causa de vuestra hilaridad.

—¿Sabe el Rey de qué se ha tratado hoy, durante toda la sesión, en la Asamblea nacional?

—Sí, y hasta me ha interesado mucho el asunto. ¿No era cuestión de una nueva máquina para ejecutar a los criminales?

—Sí, señor, ofrecida a la nación por Guillotín.

—¡Oh, señor Suleau!, os burláis del señor Guillotín, de un filántropo, olvidando que yo lo soy también.

—¡Oh, señor!, ya me entiendo yo: hay filántropo de filántropo; tenemos a la cabeza de la nación francesa un filántropo que abolió el tormento preparatorio, y por eso le respetamos, le veneramos, y aun hacemos más, le amamos.


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