La Condesa de Charny

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Todos los jóvenes se inclinaron.

—Pero —continuó Suleau—, hay otros que siendo ya médicos, teniendo entre sus manos mil medios, más hábiles o más torpes unos que otros, para volver a los enfermos a la vida, buscan el medio de hacérsela perder a los que están buenos. ¡Ah!, yo rogaría al Rey que me dejase a estos.

—Y ¿qué haríais con ellos, señor Suleau? ¿Los decapitaríais sin dolor? —preguntó el Rey, aludiendo a la pretensión emitida por el doctor Guillotín—. ¿Saldrían del paso sin sentir más que una ligera frescura en el cuello?

—Señor, esto es lo que yo les deseo —dijo Suleau—, pero no lo que les prometo.

—¡Cómo! ¿Lo que les deseáis? —preguntó el Rey.

—Sí, señor, me agradan bastante las personas que inventan máquinas nuevas y las prueban. No compadezco mucho al maestro Aubriot, encerrado entre los muros de la Bastilla para probarla, y al señor Enguerrando de Marigny, estrenando la horca de Montfaucon; mas por desgracia no tengo el honor de ser Rey, y por fortuna no tengo la dicha de ser juez. Por lo tanto, es probable que me vea obligado a atenerme, por lo que hace al respetable Guillotín, a lo que le prometo, y a lo que ya he comenzado a cumplir.


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