La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pues bien, señores —dijo el Rey—, os reís mucho; pero si esa máquina del señor Guillotín estuviese destinada a evitar padecimientos terribles a los pobres condenados, no dejaría de ser conveniente. ¿Qué pide la sociedad cuando reclama la muerte de un culpable? La simple supresión del individuo; y por lo tanto, si esta va acompañada de padecimientos, como la rueda y otras torturas, esto no es ya justicia, sino una venganza.

—Pues señor —observó Suleau—, ¿quién dice a Vuestra Majestad que el dolor queda suprimido por el hecho de cortarse la cabeza? ¿Quién asegura que la vida no persiste a la vez en aquella y en el cuerpo después de la decapitación, y que el moribundo no sufre doblemente teniendo el conocimiento de su dualidad?

—Esto —dijo el Rey—, es una cuestión discutible para los hombres de ciencia. Por lo demás, creo que se ha debido hacer un experimento en Bicetre esta misma mañana. ¿No lo habrá presenciado alguno de vosotros?

—¡No, señor, no! —contestaron casi simultáneamente quince o veinte voces burlonas.

—Pues yo he asistido al espectáculo, señor —dijo una voz grave.


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