La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Sin duda no esperáis que descienda a justificarme de tan vil crimen; pero en un tiempo en que las calumnias más absurdas pueden confundir fácilmente a los mejores ciudadanos con los enemigos de la Revolución, he creÃdo, señores, deber al Rey, a vosotros y a mà mismo, entrar en los detalles que acabáis de oÃr, a fin de que la opinión pública no pueda estar un solo instante indecisa. Desde el dÃa en que, en la segunda asamblea de los notables, me declaré sobre la cuestión fundamental que dividÃa los ánimos, no he dejado de creer que se preparaba una gran revolución; que el Rey, por sus intenciones, sus virtudes y su categorÃa suprema, debÃa ser jefe de ella, puesto que no podÃa reportar ventajas a la nación sin que estas se extendiesen al monarca; y, en fin, que la autoridad real debÃa ser el baluarte de la libertad de la nación, y la libertad de esta la base de la autoridad real…
Aunque el sentido de la frase no fuera muy claro, la costumbre que se tenÃa de aplaudir ciertas combinaciones de palabras, hizo que se aplaudieran estas.
Estimulado el PrÃncipe, alzó la voz y añadió, dirigiéndose con más aplomo a los individuos de la Asamblea.