La Condesa de Charny

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—Sí, de una raza de águilas que concluye por ser una de loros. Para que los utopistas como vos puedan salvar la monarquía, amigo Gilberto, sería necesario primeramente que esta hiciese algún esfuerzo para salvarse a sí propia. Veamos, hablando en conciencia: habéis visto a Luis XVI, le veis a menudo, y no sois hombre que mire sin estudiar; pues bien, decid francamente, si la monarquía puede vivir representada por semejante Rey. ¿Es esta la idea que os formáis del que empuña un cetro? ¿Creéis que Carlomagno, San Luis, Felipe Augusto, Francisco I, Enrique IV y Luis XIV, tenían esas carnes blandas, esos labios colgantes, y esa atonía en los ojos y en la manera de andar? No, aquellos eran hombres; había en ellos savia, sangre y vida, bajo su manto real; no se habían bastardeado aún por la transmisión de un solo principio; y es que esos hombres de vista corta, han descuidado la noción médica más sencilla. Para conservar las especies animales, y hasta sujetarlas en una larga juventud y en constante vigor, la misma naturaleza ha indicado el crecimiento de las razas y la mezcla de familias. Así como el injerto, en el reino vegetal, es el principio conservador de la bondad y de la belleza de las especies, así en el hombre, el casamiento entre parientes demasiados próximos, es una causa de la decadencia de los individuos; la naturaleza sufre, languidece y degenera, cuando varias generaciones se reproducen con la misma sangre; y, por el contrario, se aviva y refuerza cuando un principio prolífico, nuevo y extraño, se introduce en la concepción. ¡Ved cuáles son los héroes que fundan las grandes razas, y quiénes los hombres débiles que las terminan! ¡Ved a Enrique III, el último Valois; ved a Gastón, el último Mediéis; ved al cardenal de York, el último Estuardo, y ved a Carlos VI, el último Habsbourg! Pues bien, esta causa primera en las familias, que se dejan sentir en todas las casas de que acabamos de hablar, es más sensible aún en la de Borbón que en ninguna otra. Así, pues, remontando desde Luis XV a Enrique IV y María de Mediéis, el segundo resulta ser cinco veces tatarabuelo de Luis XV, y María de Mediéis otras tantas su tatarabuela; y si remontamos a Felipe III de España y a Margarita de Austria otras tantas su tatarabuela. Yo he contado esto, pues no tengo nada que hacer, y hallo que de treinta y dos tatarabuelas y tatarabuelos de Luis XV, resultan seis personas de la casa de Borbón, cinco de la de Mediéis, once de la de Austria-Habsbourg, tres de la de Saboya, tres de la de los Estuardo, y una princesa danesa. Someter el mejor perro y el mejor caballo a este crisol, y a la cuarta generación tendréis un perro de aguas y un rocín. ¿Cómo diablos queréis que resistamos nosotros que somos hombres? ¿Qué decís de mi cálculo, doctor, vos que sois matemático?


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