La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Digo, apreciable hechicero —contestó Gilberto levantándose para coger su sombrero—, digo que vuestro cálculo me espanta y me hace pensar, tanto más cuanto que mi puesto está junto al Rey.
Y dio algunos pasos hacia la puerta.
Cagliostro le detuvo.
—Escuchad, Gilberto —dijo—, bien sabéis cuanto os estimo, y también que, para evitaros un pesar, soy capaz de exponerme a muchos… Pues bien, oÃd, creedme… oÃd un consejo…
—¿Cuál?
—Decid al Rey que huya, que abandone Francia, pues aún es tiempo de salvarse… De aquà tres meses, o seis, o un año, tal vez sea ya demasiado tarde.
—Conde —replicó el doctor—, ¿aconsejarÃais a un soldado abandonar su puesto, porque hubiera peligro permaneciendo en él?
—Si ese soldado se hallase tan comprometido, tan cercado y desarmado qué no pudiera defenderse, y sobre todo, si su vida estuviese expuesta y dependiese de ella la de medio millón de hombres… sÃ, le dirÃa que huyese… Y vos mismo, Gilberto, vos se lo diréis al Rey; este querrá escucharos entonces, pero será demasiado tarde… ¡No esperéis, pues, a mañana, decÃdselo hoy; no esperéis a esta noche, decÃdselo dentro de una hora!