La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Conde, bien sabéis que soy de la escuela fatalista. ¡Suceda lo que quiera! Mientras que yo tenga una influencia cualquiera sobre el Rey, este permanecerá en Francia, y yo a su lado. ¡Adiós, Conde; volveremos a vernos en el combate, y tal vez reposaremos uno junto a otro en el campo de batalla!
—Vamos —murmuró Cagliostro—, se dirá que el hombre, por inteligente que sea, no ha de saber escapar nunca de su mal destino… Os habÃa buscado para deciros lo que os he dicho; ya lo habéis oÃdo. Pero, como la predicción de Casandra[2], la mÃa es inútil… ¡Adiós!
—Veamos, con franqueza, conde —dijo Gilberto deteniéndose en el umbral de la puerta del salón y mirando fijamente a Cagliostro—. ¿Tenéis aquÃ, como en América, esa pretensión de hacerme creer que leéis el porvenir de los hombres en su rostro?
—Gilberto —contestó Cagliostro—, leo con tanta seguridad como tú lees en el cielo el camino que los astros trazan, mientras que la mayorÃa de los hombres los creen inmóviles o errantes a la casualidad.
—Pues bien… escuchad, alguien llama a la puerta…
—Es verdad.
—Decidme cuál será la suerte de aquel que ahora llama, quien quiera que sea; decidme cuál será su género de muerte, y cuándo la sufrirá.