La Condesa de Charny

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—Sea —dijo Cagliostro—, vamos los dos a abrir la puerta.

Y Gilberto se adelantó hacia la extremidad del corredor de que hemos hablado, con un latido en el corazón que no podía reprimir, aunque diciéndose en voz baja que era absurdo tomar por lo serio semejante charlatismo.

La puerta se abrió.

Un hombre de aspecto distinguido, de elevada estatura, y cuyo rostro tenía una expresión de enérgica voluntad, apareció en el umbral y fijó en Gilberto una rápida mirada que no dejaba de revelar inquietud.

—Buenos días, Marqués —dijo Cagliostro.

Y como el Conde notase que la mirada del recién venido seguía fijándose en Gilberto, díjóle:

—Marqués, es el doctor Gilberto, amigo mío…

Y volviéndose hacia este último, añadió:

—El señor marqués de Favras, uno de mis clientes. Los dos hombres se saludaron.

Después, dirigiéndose al recién venido, Cagliostro añadió:

—Marqués, tened a bien pasar al salón y esperadme un momento; dentro de cinco segundos estaré a vuestra disposición.

El Marqués saludó por segunda vez al pasar por delante de los dos hombres, y desapareció.

—¿Y bien? —preguntó Gilberto.


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