La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Dispensad —dijo el Marqués con su acostumbrada cortesÃa—, pero olvidáis una cosa, aunque de poca importancia en verdad, y es llamar a los catorce testigos que deben declarar a solicitud mÃa.
—El tribunal —contestó el presidente—, ha resuelto que no se les oiga.
Algo como una nube pasó por la frente del acusado, y después sus ojos brillaron.
—CreÃa —dijo—, que me juzgaba el Châtelet de ParÃs, pero me engañé; según parece, me juzga la inquisición de España.
—Llevaos al acusado —dijo el presidente.
Favras fue conducido de nuevo al calabozo. Su calma; su cortesÃa y su valor habÃan producido cierta impresión en las personas que fueron allà sin preocupaciones.
Pero se ha de confesar que eran las menos.
La salida del Marqués produjo gritos, amenazas y silbidos.
—¡No haya gracia! —gritaban quinientas voces a su paso.
Estas voces le siguieron hasta más allá de las puertas de su prisión.
Entonces se dijo el Marqués en son de queja:
—¡He aquà lo que es conspirar con los prÃncipes!