La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Apenas hubo salido el acusado, los jueces comenzaron a deliberar.

Favras se acostó a la hora de costumbre.

A eso de la una de la madrugada, entraron en su prisión para despertarle. Era el llavero Luis. Había tomado por pretexto llevar al prisionero una botella de vino de Burdeos, vino que el Marqués no había pedido.

—Señor de Favras —dijo—, los jueces pronuncian en este momento vuestra sentencia.

—Amigo mío —dijo Favras—, si me has despertado para eso, podías haberme dejado dormir.

—No, señor Marqués, os he despertado para preguntaros si no teníais nada que enviar a decir a la persona que vino a visitaros la noche última.

—Nada.

—Reflexionad, señor Marqués; cuando se haya pronunciado la sentencia tendréis guardias de vista, y por poderosa que sea esa persona, tal vez no pueda ya salvaros.

—Gracias, amigo mío —contestó Favras—; nada tengo que pedir, ni ahora ni más tarde.

—Entonces —dijo el carcelero—, siento mucho haberos despertado; pero también lo hubieran hecho otros dentro de una hora…

—De modo que —replicó Favras sonriendo—, según tú, no vale la pena volver a dormirse. ¿No es así?


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