La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Entretanto el Rey, la Reina y la familia real, continuaban su marcha hacia París.
Era tan lenta y se retardaba tanto por los guardias de corps que iban a pie, por las pescaderas montadas en sus caballos, por los hombres y las mujeres del mercado, por aquellos cien coches de los individuos de la Asamblea, y por los doscientos o trescientos vehículos llenos de harina y cereales cogidos en Versalles, que hasta las seis no llegó a la barrera la carroza real que contenían tantos dolores, tantos odios, tantas pasiones y tanta inocencia.
En el camino, el joven Príncipe tuvo hambre y había pedido de comer, y entonces la Reina había mirado en torno suyo, pues nada era más, fácil que obtener un pedazo de pan para el Delfín, porque cada hombre del pueblo llevaba uno entero en la punta de su bayoneta.
La Reina buscó con los ojos a Gilberto.
Pero ya sabemos que el doctor había seguido a Cagliostro.
Si hubiera estado allí, la Reina no habría vacilado un momento en pedirle un pedazo de pan.
Pero la Reina no quiso hacer semejante petición a uno de aquellos hombres del pueblo que le inspiraban horror.
De modo que, estrechando al Delfín contra su pecho, le dijo llorando:
