La Condesa de Charny

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No dejaba de ser un mérito para Pitou contestar así, pues ya se recordará que Catalina había tenido la cruel franqueza de confesarlo todo, y por lo tanto, Pitou sabía.

Sí, sabía que con el corazón angustiado por la despedida de Isidoro, Catalina se desmayó en el sitio donde fue encontrada.

Pero esto es lo que no hubiera dicho el labrador por todo el oro del mundo, pues lo que él experimentaba por la pobre joven era una profunda compasión.

Pitou amaba a Catalina y admirábala sobre todo; ya hemos visto en otro lugar hasta qué punto esta admiración y este amor, mal apreciados y sobre todo mal recompensados, ocasionaron padecimientos en el corazón e inquietudes en el ánimo del joven.

Mas, por profundos que fueran estos dolores, produciendo en el estómago de Pitou una opresión que a veces le hacía retrasar en una o dos horas su almuerzo y su comida, su indisposición no había llegado nunca a producir en él desfallecimiento ni desmayo.

De modo que Pitou sentaba este dilema lleno de razón, que con su fría lógica dividía en tres partes:

«Si la señorita Catalina ama al vizconde Isidoro hasta el punto de desmayarse cuando se marcha, es porque le quiere más que yo a ella, puesto que jamás me desmayé al separarme de su lado».


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