La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Sin duda en este delirio la joven decía cosas extrañas, pues bajo el pretexto de evitar emociones a la enferma, el doctor había alejado de ella a su madre como acababa de alejar a su padre.

La señora Billot estaba sentada en una banqueta en las profundidades de la inmensa cocina; tenía la cabeza entre las manos y parecía extraña a todo cuanto pasaba en torno suya. Sin embargo, aunque sorda al ruido del vehículo, a los ladridos de los perros y a la entrada de Billot en la cocina, volvió en sí cuando la voz de su marido, discutiendo con el doctor, la hizo despertar en el fondo de su sombría meditación.

Levantó la cabeza, abrió los ojos, y fijando una vaga mirada en Billot, exclamó:

—¡Ah!, ¡es nuestro hombre!

Y levantándose, tropezando y con los brazos extendidos, fue a caer entre los de su esposo.

Este último la miró con expresión de espanto, como si apenas la reconociese.

—Pero ¿qué sucede aquí? —preguntó, con la frente bañada en el sudor de la angustia.

—Sucede —dijo el doctor Raynal—, que vuestra hija tiene lo que llamamos una meningitis aguda, y que padeciendo esto, así como no se han de tomar ciertas cosas, tampoco se debe ver a ciertas personas.

—Pero ¿es peligrosa esa enfermedad, señor Raynal? —preguntó el padre Billot—, ¿se muere ella?


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