La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Todas las enfermedades pueden matar cuando no se cuidan bien, apreciable señor Billot; pero dejadme velar a mi manera esa joven, y no se morirá.
—¿Es bien verdad esto, señor doctor?
—Yo respondo de ella; pero es preciso que de aquà a dos o tres dÃas no puedan entrar en la habitación más que yo y las personas indicadas por mÃ.
Billot ahogó un suspiro y se le creyó vencido; pero intentando el último esfuerzo repuso, con el tono de un niño qué pide una gracia:
—¿No podrÃa verla por lo menos?
—Y si la veis y la abrazáis, ¿me dejaréis tres dÃas tranquilo sin pedir ya nada más?
—Os lo juro, doctor.
—Pues bien, venid.
Asà diciendo, abrió la puerta de la alcoba de Catalina, y el padre Billot pudo ver a la joven con la frente ceñida con una venda de agua de hielo, la mirada vaga y el rostro enrojecido por la fiebre.
Pronunciaba las palabras sin sentido, y cuando el padre aplicó sus labios pálidos y temblorosos sobre la frente húmeda de Catalina, parecióle oÃr, entre sus palabras incoherentes, el nombre de Isidoro.