La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En el umbral de la puerta de la cocina agrupábanse, la madre Billot con las manos juntas, Pitou, de puntillas para mirar sobre el hombro de la buena mujer, y dos o tres jornaleros que, hallándose allí, tenían curiosidad por saber cómo seguía su joven ama.
Fiel a su promesa, el padre Billot se retiró cuando hubo besado a su hija; pero con el ceño fruncido y la mirada sombría, murmurando:
—¡Vamos!, bien veo que era hora de que volviese.
Y entró en la cocina, adonde su mujer le siguió maquinalmente, y adonde Pitou se disponía a seguirles, cuando el doctor, tirándole de la chaqueta, le dijo:
—No salgas de la granja, porque después necesito hablarte.
Pitou se volvió con asombro, e iba a preguntarle en qué podía servirle, cuando el doctor aplicó misteriosamente un dedo a sus labios para que se callase.
Pitou permaneció por lo tanto de pie en la cocina, en el sitio mismo donde se hallaba, simulando, de una manera más grotesca que poética, a esos dioses antiguos que, con los pies cogidos en la piedra, señalaban a los particulares el límite de sus campos.
Al cabo de cinco minutos la puerta de la habitación de Catalina se abrió de nuevo, y oyóse la voz del doctor llamando a Pitou.