La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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A cincuenta pasos de la granja se detuvo de repente, pensando con razón que si llegaba así, jadeante e inundado de sudor, podría muy bien inspirar desconfianza al padre Billot, el cual parecía hallarse en la angosta y espinosa vía de la sospecha.

Resolvió, pues, a riesgo de retardarse un minuto o dos, acortar el paso para recorrer el camino que le faltaba, y a este fin avanzó con la gravedad de un confidente de tragedia, que la confianza de Catalina le hacía tomar.

Al pasar por delante de la habitación de la enferma, notó que la señora Clement, sin duda para ventilar un poco el aposento, había entreabierto la ventana.

Pitou introdujo primero la nariz por el hueco y miró cautelosamente; pero esto le bastó para ver a Catalina, y a la joven para divisar a Pitou, muy misterioso y haciendo señas.

—¡Una carta… una carta! —exclamó.

—¡Callad!… —murmuró Pitou.

Y mirando en torno suyo con la mirada de un cazador furtivo que procura despistar a los guardabosques que le buscan, y al ver que estaba completamente solo, arrojó la carta por la abertura de la ventana, con tal destreza, que fue a caer precisamente junto a su almohada.

Después, sin esperar las gracias que no podían faltarle, retrocedió para ir hacia la puerta de la granja, en cuyo umbral se hallaba Billot.


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