La Condesa de Charny

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A no ser por la especie de curva que la pared formaba, el labrador hubiera visto lo que acababa de pasar, y Dios sabe, dada la disposición de ánimo en que parecía hallarse, lo que habría sucedido en el caso de convertirse en certidumbre una simple sospecha.

El honrado Pitou no esperaba encontrarse cara a cara con el labrador, y sintió que a pesar suyo, se sonrojaba hasta las orejas.

—¡Oh, señor Billot!, la verdad es que me habéis dado miedo…

—¡Miedo a Pitou… a un capitán de guardia nacional… a un vencedor de la Bastilla, miedo!

—¡Qué queréis! —dijo Pitou—, hay momentos como este, y cuando no se está prevenido…

—Sí… —repuso Billot—, y cuando se espera encontrar a la hija y no se ve más que al padre…

—¡Oh, señor Billot!, eso sí que no —exclamó Pitou—, ciertamente que no esperaba encontrar a la señorita Catalina, aunque esté mucho mejor; me parece que todavía se halla demasiado enferma para levantarse.

—¿No tienes algo que leerla? —preguntó Billot.

—¿A quién?

—A Catalina.

—Sí, debo informarla de que el señor Raynal ha dicho que vendría a verla; pero cualquier otro podrá anunciar esto tan bien como yo.


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