La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Y además, tú debes tener gana, ¿no es cierto?
—No mucha.
—¿Cómo, que no tienes gana?… —exclamó el labrador. Pitou reconoció que habÃa cometido una torpeza, pues para que él no tuviese hambre a las ocho de la mañana, era necesario un desarreglo en el equilibrio de su naturaleza.
Por eso se apresuró a decir:
—Ciertamente que tengo hambre.
—Pues entra y come; los jornaleros están a punto de almorzar, y han debido guardarte el puesto.
Pitou entró mientras que Billot le seguÃa con los ojos, por más que su aire bonachón hubiera casi alejado sus sospechas, y le vio sentarse en la extremidad de la mesa y emprenderla con su plato lleno de tocino, como si no hubiera comido ya dos panecillos y cuatro alfeñiques, bebiéndose después un cuartillo de agua.
Cierto es, sin embargo, que, según toda probabilidad, el estómago de Pitou estaba ya desocupado.
El joven no sabÃa hacer muchas cosas a la vez, pero ejecutaba bien la que tenÃa entre manos: encargado por Catalina de una comisión, la desempeñó bien; invitado por Billot a almorzar, cumplió su cometido.