La Condesa de Charny

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Billot seguía observándole; mas al ver que no apartaba los ojos de su plato, y que su preocupación se reducía a la botella de sidra, sin que ninguna de sus miradas se dirigiese una sola vez hacia la puerta de Catalina, acabó por creer que la pequeña excursión de Pitou a Villers-Cotterêts no tenía otro objeto que el que había dicho.

Hacia fines del almuerzo, la puerta de Catalina se abrió para dar paso a la enfermera, que entrando en la cocina con humilde sonrisa, iba en busca de su taza de café.

Sin contar que a las seis de la mañana, es decir, un cuarto de hora después de la marcha de Pitou, había hecho su primera aparición para reclamar su copita de coñac, única cosa que la sostenía después de pasar toda una noche en vela.

Al verla, la señora Billot salió a su encuentro, y su marido volvió a entrar.

Los dos se informaron sobre la salud de Catalina.

—Continúa siempre mejor —contestó la señera Clement—, pero creo que en este instante tiene un poco de delirio.

—¿Cómo delirio?… —exclamó el padre Billot—. ¿Le acomete de nuevo?

—¡Oh, Dios mío, mi pobre hija! —murmuró la señora Billot.

Pitou levantó la cabeza para escuchar.


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