La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Ahí tienes el altar de la patria, donde rehúsas oficiar, y del que a mi vez te declaro indigno, pues para franquear estos escalones sagrados es preciso llevar el corazón lleno de tres sentimientos: el deseo de la independencia, la abnegación por la patria y el amor a la humanidad. Sacerdote: ¿eres fiel a tu país? ¿Deseas la libertad del mundo? ¿Amas a tu prójimo más que a ti mismo? En tal caso, sube atrevidamente a ese altar e invoca a Dios; pero si no te reconoces el primero entre todos nosotros como ciudadano, cede el puesto al más digno, y retírate… desaparece… vete.

—¡Oh, desgraciado! —dijo el abate retirándose y amenazando a Billot con el dedo—, tú no sabes a quién declaras la guerra.

—Sí tal, sí que lo sé —contestó Billot—; declaro la guerra a los lobos, a los zorros y a las serpientes; a todo cuanto pica o muerde, a todo cuanto desgarra en las tinieblas. Pues bien, ¡sea! —añadió golpeando su ancho pecho con ademán enérgico—, desgarra, muerde pica… no te faltará dónde.

Y siguió una pausa, durante la cual toda aquella multitud se entreabrió para dejar paso al sacerdote, y después de volver a cerrarse permaneció inmóvil, admirando aquella vigorosa naturaleza que se ofrecía como blanco a los golpes del terrible poder de que aún era esclava la mitad del mundo, y que se llamaba el clero.


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