La Condesa de Charny

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Ya no se pensaba en el alcalde, ni en el secretario, ni en el consejo municipal; allí no estaba más que Billot.

El alcalde se acercó a él.

—Con todo esto, amigo mío —le dijo—, nos hemos quedado sin sacerdote.

—¿Qué más? —preguntó Billot.

—Que no teniendo sacerdote, nos quedamos sin misa.

—¡Vaya una desgracia! —contestó Billot, que desde su primera comunión no había puesto más que dos veces los pies en la iglesia: el día de su casamiento, y aquel en que bautizaron a su hija.

—No digo que sea una gran desgracia —replicó el alcalde, que tenía motivos para no indisponerse con Billot—; pero ¿con qué sustituiremos la misa?

—En vez de la misa —dijo Billot, como si acabase de tener una inspiración—, voy a deciros lo que se hará: subid conmigo al altar de la patria, y tú también, Pitou; colocaos vos a mi derecha, y tú a mi izquierda… eso es. Lo que haremos en vez de la misa, escuchadme bien todos —dijo Billot—, es dar a conocer la declaración de los derechos del hombre, que es el complemento de la libertad, el Evangelio del porvenir.


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