La Condesa de Charny

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Por eso, cuando después de pronunciadas estas últimas palabras: «La ley no reconoce ya ni votos religiosos, ni compromiso alguno que sea contrario a los derechos naturales y a la Constitución»; cuando después de estas palabras, decimos, Billot profirió el grito, tan nuevo aún que parecía criminal, de «¡Viva la nación!»; cuando al extender ambos brazos reunió sobre su pecho, en fraternal abrazo, la faja del alcalde y las charreteras del capitán, aunque el primero no fuese más que la autoridad de una ciudad pequeña, y el segundo no pasara de ser el jefe de un puñado de campesinos, el principio no era por eso menos grande, y todas las bocas repitieron el grito de «¡Viva la nación!», mientras que todos los brazos se abrían para estrecharse después de la sublime fusión de todos los intereses particulares hacia la abnegación común.

Era una de esas escenas de las que Gilberto había hablado a la Reina, sin que esta pudiese comprenderlas.

Billot bajó del altar de la patria en medio de los gritos de alegría y de las aclamaciones de la población entera.

La música en Villers-Cotterêts, reunida con la de los pueblos vecinos, comenzó a tocar al punto el aire de las reuniones fraternales, de las bodas y de los bautismos: ¿Dónde se puede estar mejor que en el seno de la familia?


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