La Condesa de Charny

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En efecto, a partir de aquella hora, Francia se convertía en una gran familia; a partir de aquella hora, los odios de religión quedaban extinguidos, y las preocupaciones de provincia desaparecían; a partir de aquella hora, la que sería un día para el mundo hacíase para Francia; la geografía quedaba muerta; ya no había montañas, ni ríos, ni más obstáculos entre los hombres: ¡una lengua, una patria y un corazón!

Y con aquel aire sencillo con que la familia había acogido en otro tiempo a Enrique IV, y con el que hoy un pueblo saludaba a la libertad, comenzó una inmensa danza, que desplegándose en el mismo instante como una cadena sin fin, corrió sus anillos vivos desde el centro de la plaza hasta la extremidad de las calles que en ella desembocaban.

Después se colocaron mesas delante de las puertas: pobre o rico, cada cual llevó su plato, su jarro de sidra, su vaso de cerveza, su botella de vino o su cántara de agua, y toda una población tomó su parte en aquella gran fiesta bendiciendo a Dios; seis mil ciudadanos comulgaron en la misma mesa, santa mesa de la fraternidad.

Billot fue el héroe de la jornada, y compartió generosamente los honores con el alcalde y Pitou.

Inútil es decir que en la danza, Pitou halló medio de estar siempre cerca de Catalina.


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