La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Precisamente me ocurre deciros —continuó el padre Clouis—, que entre el hierro viejo del armero Montagnon encontré un molde… ¡qué cosa tan rara!… un molde como el que vos necesitáis. Esos pequeños cañones son casi todos del calibre del veinticuatro; pero esto no les impide admitirle mayor. He encontrado uno que es precisamente del calibre de vuestra escopeta o un poco más pequeño; mas esto no importa, pues basta envolver la bala en un pedazo de piel engrasada… ¿Es para tirar a la carrera o a pie firme?
—Aún no lo sé —contestó Billot—; todo cuanto puedo deciros es que me propongo ir al acecho.
—¡Ah, sÃ! —dijo el padre Clouis—, los jabalÃes del señor duque de Orleáns son aficionados a vuestras patatas, y os proponéis escarmentarlos.
Siguió una pausa, durante la cual tan sólo se oyó la respiración fatigosa de Catalina.
Los ojos de Pitou se fijaban sucesivamente en la joven y en su padre.
Trataba de comprender y no lo conseguÃa.
En cuanto a la madre Billot era inútil buscar alguna explicación en su rostro, pues no comprendiendo lo que se decÃa, mucho menos podÃa comprender lo que se querÃa decir.