La Condesa de Charny

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—¡Ah! —continuó el padre Clouis—, siguiendo su pensamiento, es que si las balas son para los jabalíes, tal vez resulten un poco pequeñas, porque esos animales tienen la piel dura. Yo he visto algunos que llevaban cinco, seis, y ocho balas entre cuero y carne, de las de dieciséis por libra, sin que por eso sufriesen molestia alguna.

—No se trata de jabalíes —dijo Billot.

Pitou no pudo resistir a su curiosidad.

—Dispensad, señor Billot —dijo—; pero si no queréis las balas para los jabalíes, ¿a qué vais a tirar?

—A un lobo —contestó Billot.

—Pues bien, si son para un lobo —dijo el padre Clouis—, no necesitáis más que esto.

Y sacando las doce balas de su bolsillo las puso en un plato, donde cayeron produciendo un ruido seco.

—La que falta —añadió el padre Clouis—, está en el vientre de la libre…

Si Pitou hubiese mirado a Catalina, habría visto a esta a punto de desmayarse; pero atento a lo que el viejo guarda decía, no miraba a la joven.

Mas cuando el padre Clouis añadió que la decimotercera bala se hallaba en el vientre de la liebre, no pudo resistir y se levantó para reconocer el hecho.


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