La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —A fe mÃa que es cierto —dijo, introduciendo el dedo meñique en la herida—; sois diestro, padre Clouis. Señor Billot —añadió—, vos diréis bien; pero aun no podéis matar las liebres asÃ, con bala franca.
—¡Ah! —contestó el labrador—, poco importa si el animal contra el cual tire sea veinte veces mayor que la liebre; espero no errar en el blanco.
—El hecho es —dijo Pitou—, que un lobo… pero ahora que recuerdo, ¿los hay en el cantón? Antes de la nieve me parece cosa extraña…
—Tal vez sÃ, pero esta es la verdad.
—¿Estáis seguro de ello, señor Billot?
—Muy seguro —contestó, mirando a la vez a Pitou y a Catalina—; el pastor le ha visto esta mañana.
—¿Dónde? —preguntó ingenuamente Pitou.
—En el camino de ParÃs a Boursonnes, cerca del taller de Ivors.
—¡Ah! —exclamó Pitou, mirando a su vez a Billot y a Catalina.
—Sà —continuó el labrador con la misma tranquilidad—, ya le vieron el año último y recibà aviso; durante algún tiempo se creyó que habÃa marchado para no volver más; pero…
—Pero ¿qué? —preguntó Pitou.