La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Parece que ha vuelto —contestó el padre Billot—, y que se dispone a rondar la granja. Por esto yo he dicho al padre Clouis que me limpie la escopeta y me prepare algunas balas.

Catalina no podía resistir más; dejó escapar una especie de grito ahogado, levantóse, y tropezando se dirigió hacia la puerta.

Pitou, casi inquieto se levantó también, y viendo a Catalina vacilar, precipitóse para sostenerla.

Billot fijó una mirada terrible en la puerta; pero el honrado Pitou manifestaba en su semblante demasiado asombro para que se pudiera sospechar que era cómplice de Catalina. Sin cuidarse más del joven ni de su hija, prosiguió:

—¿Con que decís, padre Clouis, que para asegurar el tiro será bueno envolver las balas en un pedazo de piel engrasada?

Pitou oyó aún esta pregunta, pero no la contestación, pues llegado en aquel momento a la cocina, no pensó más que en sostener a la joven, que caía en sus brazos.

—Pero ¿qué tenéis, Dios mío, qué tenéis? —preguntó con expresión de espanto.

—¡Oh! —contestó Catalina—, ¿no comprendéis? Mi padre sabe que Isidoro ha llegado esta mañana a Boursonnes, y quiere asesinarle si se acerca a la granja.


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