La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En aquel momento la puerta del comedor se abrió, y Billot apareció en el umbral.
—Querido Pitou —dijo una voz tan dura que no admitÃa réplica—, si has venido realmente a buscar los conejos del padre Lajeunesse, creo que ya es hora de que vayas a tender sus lazos; pues si esperas a más tarde, ya no verás.
—SÃ, sÃ, señor Billot —contestó Pitou humildemente, fijando una doble mirada en Catalina y en Billot—; habÃa venido para eso y no para otra cosa, os lo juro.
—Pues entonces…
—Pues entonces, allá voy, señor Billot.
Y salió por la puerta del patio, mientras que Catalina, trastornada, entraba en su habitación, cerrando después bien la puerta.
—¡Sà —murmuró Billot—, sÃ, enciérrate desgraciada, poco me importa, pues no me pondré al acecho por ese lado!