La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La Condesa saludó respetuosamente al Rey, a la Reina y a madame Isabel, y salió precedida de un criado.
El Rey la siguió un instante con los ojos, teniendo su tenedor suspendido a la altura de la boca.
—A la verdad es una mujer encantadora esa joven; ¡qué afortunado es el conde de Charny, por haber tenido la suerte de encontrar semejante fénix en la corte! La Reina se reclinó en un sillón para ocultar su palidez, no al Rey, que no la hubiera visto, sino a madame Isabel, que se habría espantado.
Estaba a punto de desfallecer.