La Condesa de Charny

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Ahora bien, la suposición no sería admisible ni aun tratándose de esos corredores a quienes les faltaba el bazo, según pretendía el pueblo de otra época; pero de todos modos, esta hazaña no habría extrañado mucho a los que hubieran podido apreciar alguna vez las facultades locomotivas de Pitou.

Sin embargo, como este último no confió a nadie los secretos de aquella noche, durante la cual pareció multiplicarse, resultó que excepto Desiré Maniquet, a cuyo saludo había contestado, ni el leñador ni el padre Lajeunesse se hubieran atrevido a sostener bajo la fe del juramento que era en realidad Pitou en persona a quien habían visto, y no una sombra, un espectro o un fantasma que hubiese tomado su semejanza.

El caso es que a las seis de la mañana del día siguiente, cuando Billot montaba a caballo para visitar sus campos, se veía a Pitou sin apariencia de fatiga ni desasosiego repasando las cuentas del sastre Dulauroy, a quien remitía como comprobantes los recibos de sus treinta y tres hombres.

Otra persona que también conocemos había dormido bastante mal aquella noche: era el doctor Raynal.

A la una de la madrugada le había despertado el lacayo del vizconde de Charny, tirando de la campanilla con toda su fuerza.

Y el mismo doctor abrió la puerta, según costumbre cuando llamaban de noche.


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