La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El lacayo del Vizconde iba a buscarle con motivo de un accidente de gravedad ocurrido a su amo.
Llevaba a la diestra un segundo caballo ensillado, a fin de que el doctor no se retardara un sólo instante.
El señor Raynal se vistió a toda prisa, montó el caballo que se le enviaba, y partió al galope precedido del lacayo, que hacía las veces de correo.
¿Cuál era el accidente? Lo sabría al llegar al castillo; mas por lo pronto se le había invitado a llevar sus instrumentos de cirugía.
El accidente era una herida en el costado izquierdo y una rozadura en el hombro derecho, ocasionadas por dos proyectiles que parecían del mismo calibre, es decir, del veinticuatro.
Pero el Vizconde no quiso dar a conocer los detalles.
Una de las heridas, la del costado, era algo grave, pero no peligrosa; la bala había atravesado las carnes, pero no interesado ningún órgano importante.
En cuanto a la otra herida, no valía la pena hablar de ella.
Practicada la cura, el joven Vizconde dio veinticinco luises al doctor para que guardase silencio.
—Si queréis que calle, será preciso que me paguéis mi visita al precio ordinario —contestó el buen doctor.