La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y por último, el relato de su entrevista con la reina. Era cosa de no entenderlo; el folletista anónimo no se había equivocado en una sola cifra, y casi se podía decir que tampoco en una palabra.
¿Qué enemigo terrible y misterioso le perseguía así, o más bien, sirviéndose de él, a la misma monarquía?
A Mirabeau no le había parecido desconocida la cara de aquel vendedor que, sabiendo sin duda con quién hablaba, le había llamado señor conde.
Y al pensar esto retrocedió.
El asno que llevaba los cestos estaba en el mismo sitio, con aquellos casi vacíos; mas el primer vendedor había desparecido, reemplazándole ahora otro, a quien Mirabeau no reconoció, pero que seguía distribuyendo con el mismo afán.
La casualidad quiso que en aquel momento el doctor Gilberto, que asistía casi diariamente a los debates de la Asamblea, sobre todo cuando estos tenían alguna importancia, pasase por la plaza donde se hallaba el vendedor.
Tal vez no iba a detenerse al oír el ruido de aquellos grupos, pues parecía muy preocupado; pero con su audacia acostumbrada, Mirabeau se dirigió a él, cogióle del brazo y le condujo frente al distribuidor de folletos.